El
arquitecto Fernando Belaunde Terry nació
en Lima el 7 de octubre de 1912. Inició
sus estudios primarios en Lima, los secundarios
en Paris y se trasladó a Miami a iniciar
sus estudios universitarios que culminó
en la Facultad de Arquitectura de la Universidad
de Texas, en Austin, el año 1935. Luego
de ello, se mudó a México, donde
su padre se desempeñaba como embajador
del Perú. Había aceptado el encargo
del presidente Oscar B. Benavides, quien gobernaba
tras los tumultuosos tiempos que siguieron al
“año de la barbarie”.
En la capital mexicana, inició su práctica
profesional colaborando con arquitectos locales.
Se asentaba la Revolución iniciada en 1911
y ésta había logrado despertar en
la cultura y el ánimo nacionales un hondo
sentimiento de orgullo por las raíces autóctonas
del pueblo mexicano. Un intelectual destacado,
José Vasconcelos, ministro de Educación
unos años antes, había tenido una
gravitación determinante en el asentamiento
de este fenómeno. Fueron años de
encendido entusiasmo para gruesos sectores de
la sociedad a los que llenaba de auforia, entre
otros acontecimientos espectaculares, el colorido
dramatismo plástico de los muralistas.
Sin duda, tiempos y escenarios auspiciosos para
inaugurarse como arquitecto. De
regreso en Lima, el año 1936, se encontró
con una profesión integrada por un puñado
de personas formadas, casi todas , en el extranjero.
Había que fundar, con ellas, una profesión
virtualmente desconocida en el Perú. El
reducido grupo de arquitectos en ejercicio era
muy distinguido. Ello no obstante, los proyectos
se importaban directamente privilegiando los estilos
imperantes en Europa.
En el oeste de los Estados Unidos había
empezado a imponerse una arquitectura que eventualmente
se denominó “california” pues
sus características formales provenían
de las viejas misiones franciscanas asentadas
en California. Se trataba de una arquitectura
de raíz andaluza, de muros estucados, techados
con tejas y adornada con románticos balcons
de madera. A primera vista, sus origenes hispanos
y su acoplamiento a la geografía y al clima
de California (en muchos sentidos similares a
los de la costa peruana), sugería un camino
por explorar. Seguramente debido a ello, en sus
primeros trabajos profecionales puede apreciarse
una notable influencia de la tendencia “californiana”
a la que, posteriormente, se sumaron otros profesionales
destacados como Enrique Seoane Ros y Augusto Benavides.
De esta época quedan algunas casas en la
avenida San Felipe, en calles cercanas a ella
y en Miraflores.
En agosto de 1937 fundó El Arquitecto Peruano,
revista destinada a difundir las opciones y las
ideas de la arquitectura, el urbanismo y el diseño
interior. Se mantuvo al frente de ella por 26
años, hasta julio de 1963, circunstancia
en la que le correspondió asumir la presidencia
de la república por primera vez.
Su primera construcción
importante fue el edificio Ferrand, ubicado en
la avenida Wilson (hoy Garcilazo de la Vega).
Se trata de una propuesta audaz pues, aprovechando
del vértice de un terreno triangular, propuso
una planta semicircular que producía un
volúmen en forma de tambor. Unas bandas
horizontales de alfeizares y ventanas evidenciaban
su incursión en el modernismo. Generó
resistencias esta propuesta estimada execivamente
llana y finalmente, se encargó a otro arquitecto
reformular la fachada en un lenguaje más
clásico y convencional. Tiempo después,
Enrique Seoane fue comisionado para proyectar
un edicio al frente de éste. Optó
por una planta convexa para entablar un diálogo
formal con su vecino. El conjunto constituye uno
de los rincones urbanos mejor logrados de la Lima
de los años 40.
Cristobal de Losada y Puga,
entonces decano de la Facultad de Ingienería
de la Universidad Católica, lo llamó
a enseñar urbanismo. Lo inició así
en la enseñanza, tarea que despertó
su pasión y a la que consagró buena
parte de su vida. De allí pasó al
departamento de Arquitectura de la Escuela de
Ingenieros. Al poco tiempo asumió su dirección
y poco después, logró convertirla
en Facultad, independizándola de los estudios
de ingeniería. La enseñamnza constituyó
un medio invalorable para su conocimiento del
Perú y sus necesidades. Orientaba a sus
alumnos de ingeniería, sobre todo cuendo
llegaba el momento de acometer el proyecto de
Grado, a estudiar problemas vinculados con el
interior del país. Apelaba a los orígenes
provincianos de buena parte de ellos para inducirlos
a pensar en obras que pudieran beneficiar a sus
pueblos de origen. Como consecuencia de ello,
fue haciéndose de un rico “dossier”
de proyectos integrados de represas, puertos,
puentes y carreteras. Estos profundizaron su conocimiento
del país y sus necesidades. Más
adelante, formarían parte de su programa
de gobierno.
Antonio Zapata, un historiador acucioso, ha escrito
un libro muy interesante denominado “El
jóven Belaunde”. En el sostiene que
El Arquitecto Peruano constituyó para FBT
el instrumento mediante el cual fue explorando
y anticipando su propio destino. Sin duda acertada,
esta tesis estaría incompleta si no se
reconociera la fuente que constituyeron los trabajos
universitarios. Juntas fueron como dos piezas
complementarias que articulaban un mismo propósito.
Como en algunas fábricas de alimentos,
de un lado el laboratorio exploreaba el nuevo
producto y de otro, la “sala de degustación”
ponía a prueba su viabilidad y acepatación.
En el proceso esos “productos” se
iban convirtiendo primero en promesa, luego en
posibilidad y finalmete en expectativa y programa.
Su curso en la Facultad de Arquitectura se denominaba
“PNV” ( la denominación abreviada
proviene, seguramente, de su recuerdo de Franklin
Roosevelt, el hombre que llegó a la presidencia
a inicios de su estadía universitaria en
Texas. Roosvelt enfrentó la gran depresión
iniciada en 1929 con una variedad de programas
audaces a los que identificaba por sus iniciales;
AAA, WPA, NRA, etc ) PNV quería decir Problema
Nacional de la Vivienda. Difundía en él
las ideas más avanzadas en materia urbanística
y habitacional concebidas, principalmente, en
Inglaterra. Entre ellas, resultaba particularmente
relevante la idea de la “ciudad jardín”
de Ebenezer Howard de las que provinieron las
“unidades vecinales” que desde la
UV3 de 1947 hasta la “Ciudadela Santa Rosa”
de 1984 contituyen testimonios admirables de su
valioso legado en esta materia. En
1945 postuló a una diputación por
Lima, integrando las listas del Frente Democrático
Nacional que postuló Don José Luis
Bustamante y Rivero a la presidencia de la República.
Elegido diputado, tuvo una fecunda gestión
parlamentaria en la que se gestaron las leyes
más relevantes respecto del planeamiento,
el urbanismo, la vivinda de interés social
y la propiedad horizontal.
En 1956 fue candidato a la presidencia de la República
por primera vez y, no obstante que su candidatura
se gestó pocos meses antes de la elección,
adoptó una opción de radical oposición
al gobierno de entonces y no contó con
el respaldo de ningún partido organizado,
quedó en segundo lugar, muy cerca del candidato
triunfante. Volvió a postular tres veces
más: en 1962 (proceso electoral anulado
por el golpe militar), 1963 (en el que se hizo
de la victoria) y 1980 (en que fue electo por
segunda vez). En total, gobernó el Perú
por diez años, 2 meses y 4 dias.
Su consagración política determinó
que se apartara del ejercicio de la arquitectura.
Fue una lástima para la profesión
y una suerte para el país. Dignificó
la vida política, condujo la atención
nacional hacia los pueblos marginados y el aprecio
de las tradiciones milenarias de una cultura sobresaliente.
La arquitectura perdió a uno de sus miembros
más lúcidos y más llenos
de iniciativa y capacidad de convocatoria. De
los 46 años que entregó al servicio
del país, 10 estuvo en el gobierno y 10
en el destierro (enseñando en universidades
norteamericanas). Los otros 26 años, plazo
simétrico al de su dedicación a
El Arquitecto Peruano, los ocupó estando
“en campaña”. Ella consistió
en un intenso peregrinaje de “pueblo por
pueblo” en el que asumió la tarea
de alentar en la ciudaddanía orgullo por
su historia, confianza en sus propias tradiciones
y fe en su capacidad de atender y hacer frente
a sus propias necesidades.
En sus años de juventud había contribuído
a la fundación de la Sociedad de Arquitectos
del Perú; había iniciado con Luis
Dorich y Luis Ortiz de Zevallos, la enseñanza
del urbanismo en el Perú; había
construído el local de la facultad de Arquitectura
de la UNI con donativos y jornadas de trabajo
compartidas con profesores y estudiantes; había
creado el Instituto de Planeamiento de Lima, una
escuela de post grado interamericana, con apoyo
de la OEA y de la Universidad de Yale, con sede
en la UNI, a la que concurrían estudiantes
de toda América Latina; como diputado había
creado la Coorporación Nacional de la Vivienda
y la ONPU (Oficina Nacional de Planeamiento y
Urbanismo); había soñado con la
arquitectura como una profesión que liderara
el desarrollo del Perú. Muchos nos contagiamos
de ese sueño. Fueron nuestros años
más intensos.
Ahora que ha partdo, quedan los recuerdos de su
calidez, de la abundancia de sus ideas y sus obras,
de sus palabras hermosas y estimulantes, de su
entusiasmo que provenía de alguna misteriosa
fuente, de su permanente estado de inquietud que
parecía originado en una profunda convicción:
“no hay tiempo que perder: la vida pasa
muy de prisa y no va a dejarnos oportunidad suficiente
para todo lo que podemos servir”.
Falleció en Lima el 4 de junio de 2002,
cuatro meses antes de cumplir los 90 años.
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