por Miguel Cruchaga

En el mismo momento en que el Heyho Maru cruzaba la línea ecuatorial, Belaunde dejaba atrás una crucial etapa de su juventud, matizada por la nostalgia y el asombro. Navegando desde el puerto mexicano de Manzanillo, pensaba: “Mañana amaneceremos en Paita  y podré por fin, pisar suelo peruano.” Regresaba al Perú, con 24 años recién cumplidos, luego de haber pasado la mitad de su vida en el exilio. La familia emigró en 1924, cuando Belaunde era todavía un niño. El crepúsculo trajo a su memoria los recuerdos y las añoranzas acumuladas en esos años. Para aplacar su vehemencia, buscó  entre la bruma y la oscuridad, los destellos distantes de algún puerto peruano.

Sentía una exaltación parecida a la de la noche del 21 de mayo de 1927, cuando aterrizó en París el “Espíritu de San Luis”. Charles Lindbergh acababa de  atravesar el Atlántico por primera vez en una pequeña avioneta y un  clima de inusitada algarabía invadía los bulevares y las calles de la Ciudad Luz. En el número 58 de la avenida Wagram, los Belaunde Terry vivían centrados en un solo tema: pensando, hablando y soñando con el Perú. Contaban los días que quedaban (las estimaciones eran bastante flexibles), para que terminara el “oncenio” y acogían a los pasajeros ocasionales dispuestos a compartir cualquier información que alentara sus esperanzas. La noche del aterrizaje, Belaunde se sintió cargado de intensa exaltación. Lo entusiasmaba la hazaña del aviador solitario, la magnitud de su coraje y fuerza de voluntad, también la tenacidad que lo mantuvo despierto durante las treinta y tres horas y media del vuelo. Esa noche descubrió nuevas facetas de sí mismo; regocijos desconocidos que el arrojo del larguirucho piloto despertaron, llenándolo de una inquietud y un  apremio que lo acompañarían el resto de su vida.

Tenía, sin embargo, una admiración más antigua. La que le suscitaba el viejo líder  francés Georges Clemenceau  -suerte de “símbolo moral” galo; la sola mención  de su nombre henchía de orgullo y producía  efectos balsámicos a los franceses y les servía para paliar los sinsabores que la  guerra reciente les había dejado. Keynes ha dicho que: “Clemenceau sentía por Francia lo que Pericles por Atenas –estaba convencido que su valor singular era tal que nada más podía  importar…” (1)  Acaso contribuyó a forjar la singular admiración del escolar por el anciano estadista, cierta emulación por la devoción que su padre profesaba por Piérola. En la cátedra de la mesa familiar, Don Rafael recordaba siempre las hazañas del Califa y repetía sus discursos y sentencias de memoria.  En uno de sus juegos adolescentes, Belaunde se  enfrascaba en torneos dialécticos con su hermano Rafael; comparando conductas históricas entre Alemania y Francia. Del lado francés, Belaunde no se dejaba persuadir por la mayor erudición de su hermano, sosteniendo la posición contraria.  El recibir la educación secundaria en  un medio que siente una singular veneración por la patria, contribuyó a que desarrollara un sentimiento similar por el Perú. Se podrá pensar que ese sentimiento es común a todas las naciones. En pocos lugares, sin embargo, existe con la profundidad y solidez con las que se produce entre los franceses.

Sus últimos años como estudiante de arquitectura los había pasado en Texas. Ello le facilitaba visitar México con frecuencia, donde su padre se desempeñaba como Embajador. La Revolución Mexicana se estabilizaba y era notable el sentimiento de  orgullo nacional que se percibía en la calle. Si bien, este no era un fenómeno enteramente nuevo, se había potenciado en esos años. Una mezcla de admiración y curiosidad lo condujo a prestar atención a los posibles factores desencadenantes de este hecho. Así descubrió a José Vasconcelos, un intelectual sobresaliente, autor de “La Raza Cósmica”, escrita en  exaltación de los pueblos autóctonos y condena del racismo implícito en el hecho que los trabajos más duros y subordinados se reservaran solo a los indígenas. Además de escritor vigoroso y justiciero, Vasconcelos fue un gran impulsor  de la educación pública, y un luchador infatigable por la institucionalización de una sociedad todavía sujeta a las arbitrariedades autoritarias que venían tanto del pasado cuanto del período inicial de la Revolución. Debido a su inteligencia y cultura, se había convertido en una de las personalidades más relevantes  de la época y en el orientador sustancial de la identidad que iba cuajando  esa nación de raíces volcánicas y aguerrida herencia indígena y española. 

Pero lo que terminó de fascinarlo con México,  fue el alegre colorido del folklore, la fuerza expresiva de los muralistas y la magia hechizante de las corridas de toros. La fiesta lo embrujó hasta convertirse en el acontecimiento del que más gozaría. Desde que asistió a su primera corrida, nada consiguió igualar la emoción de la plaza. Cada salida del toro, cargada de furia y amenaza, a un ruedo encendido de luz y vibrante expectativa, le parecía el espectáculo más formidable. Lo fascinaba constatar que a la fuerza arrolladora solo puede doblegarla la parca elegancia del valor. Que el coraje solo sirve cuando es auténtico, pues no se puede fingir y que proviene principalmente de una manifestación misteriosa e indomable del espíritu. Acaso le permitía terminar de entender la severa consigna que su padre le repitiera desde la infancia: “Perfección vía control.”             
                                         
Enfrascado en esos pensamientos, a ratos dormitando, despertó finalmente, la mañana de su regreso al Perú. Sintió como crecía su exaltación, a medida que se acercaba –por fin- la hora de pisar suelo peruano. Con cada segundo que pasaba, estaba más cerca del territorio de todas sus nostalgias, del lugar del que provenía el llamado de la sangre y eso que John O’Donohue denomina “el sentido de pertenencia”. Quiso poner en orden sus ideas y entonces, pensó: A lo largo de la historia, se han repetido una sucesión recurrente de conquistas. Cada etapa dejó la población dividida entre conquistadores y conquistados. Los incas conquistaron a las etnias autóctonas vecinas, los españoles conquistaron a los incas, los ejércitos criollos sudamericanos encabezados por generales argentinos y venezolanos conquistaron nuestra independencia, mientras los peruanos luchábamos indistintamente en ambos lados del campo de batalla. La guerra que tenemos pendiente es distinta a las anteriores y consiste en la “conquista del Perú por los peruanos”.
Este es nuestro desafío, pensó; que todos los que compartimos la honrosa condición de peruanos decidamos asumir una tarea común, capaz de ponernos del mismo lado de la trinchera. Este reto –como suele pasar en la historia- está ligado a una conquista territorial. Pero no para arrebatársela a algún vecino, sino para terminar de incorporar –como lo han hecho las grandes naciones- la totalidad del propio territorio, conquistando plenamente, en nuestro caso, el oriente peruano.
Incorporando la “Ceja de Selva” mediante una gran carretera longitudinal, se incrementaría significativamente  la extensión agrícola y se aprovecharían mejor las aguas de las dos vertientes de nuestras cumbres andinas. Ante el peligro de congestionar Lima y las principales ciudades de la costa, se debería alentar una mejor distribución  poblacional, creando nuevos polos de desarrollo en la ceja de montaña en los que surjan nuevas  oportunidades de trabajo productivo.  Pero conquistar es más que eso; empieza por uno mismo, dominando la capacidad de elevarse por encima de las propias miserias.  Ello supone que nos asumamos unos a otros, aceptando primero y desarrollando después, el  orgullo de nuestro ser mestizo y pluricultural. Alcanzar una suerte de convergencia de “hermanos pródigos” reencontrados después de tantos y tan dolorosos desencuentros y abandonos.
Conquistar nuestra capacidad de escucharnos con asombro y entendernos con generosidad. En la memoria de los que participamos de sus primeras campañas, reverbera todavía la ilusión de ese reencuentro y la promesa de lo que habría de traer.  Implicaba aprender a sobreponerse al derrotismo y la inclinación pesimista que ha perjudicado tanto al Perú, a lo largo de la historia; a la tentación fatua  de creer que con cada nuevo gobierno o cada nueva generación, empieza de nuevo la historia.

Soltaron el ancla, pasadas las siete de la mañana. Un lanchón se aproximaba desde el litoral, a dos kilómetros de distancia. Belaunde se había asegurado el derecho a bajar a tierra durante la breve escala. Solo lo acompañaría su hermano Francisco. Sus ojos fijos en la línea costera, aguardaba  estático la llegada a la tierra prometida. Estando cerca, pudo ver mejor las modestas instalaciones del puerto, el confuso desorden del entorno; el bullicio de hombres gruesos de torso descubierto, cargando y apilando costales, cantando un castellano lleno de modismos y de áspera dulzura. Trémulo y con la sonrisa congelada, bajó a tierra y dejó desbordar su fascinación, integrándose al dinamismo del puerto. No había demasiado que ver pero su satisfacción fue inmensa. Se sintió colmado por la belleza árida del paisaje y el rostro risueño y amigable de los estibadores, parecidos en el colorido, los bigotes y la entonación a los que había dejado, días atrás, en Manzanillo.

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Caía la noche de la primera amanecida. Habíamos empezado a estudiar arquitectura hacía unos meses y sabíamos de sobra que este era el precio a pagar –al menos en la universidad- por la gestación de cada proyecto: quedarse de sol a sol, inclinados sobre los  tableros de dibujo, pretendiendo atrapar con infinitos bosquejos, alguna idea escurridiza. Resultaba mejor hacerlo en compañía. Las bromas y el bullicio ayudaban a ahuyentar la soledad y a derrotar la tentación del cansancio. Lima lucía apacible y lejana, desde el único taller encendido de la Facultad. Rodeada de campo, cerros y silencio, la Universidad Nacional de Ingeniería parecía deliberadamente ubicada al margen de la ciudad. Esa ubicación, llegada la noche, inducía la idea de abandono.

Débiles luces vibraban desde el sur. Entre ellas dos faros gemelos que se acercaban en nuestra dirección. Los vimos aproximarse lentamente. “Probablemente va camino a  Canta”, dijo alguno. Sorprendidos, observamos como giró a la derecha e ingresó al campus. Un buen presagio nos  atropelló escaleras abajo, a encontrar al visitante. Descubrimos al decano y  su esposa abríendo la maletera del Mercury blanco. De ella asomaba una olla humeante.

De regreso en el taller, rodeamos expectantes la olla que Carola Aubry abría con gracia de prestidigitadora. Un sabroso arroz chaufa la colmaba y un olor apetitoso y redentor empezaba a entonarnos. “¿Cómo van?”, inquirió Belaunde. Nos observaba con calidez pero también, con cierta impaciencia. Le respondimos vaguedades. Momentos después, lo escuchábamos fascinados. Había regresado al Perú en 1936. Encontró apenas un puñado de arquitectos; la mayoría de ellos venidos de estudiar  fuera. La Universidad, hasta hace poco Escuela de Ingenieros, agregaba un  curso adicional a los estudios de ingeniería civil, para otorgar el titulo de “Ingeniero–Arquitecto”. Era insuficiente. Había que ofrecer una formación más completa y convertirla en una profesión independiente, como ocurría en Europa y en los EE UU. Además, promover entre los graduados el espíritu de cuerpo e introducir la nueva profesión al país.

Sus primeras iniciativas, orientadas a responder a estos desafíos, fueron: publicar una revista de arquitectura, incorporarse a la enseñanza universitaria y contribuir a la creación de una asociación profesional. Las tres con un claro sesgo institucional. Belaunde estaba convencido que la mejor manera de promover el  desarrollo consiste en amalgamar dos factores complementarios: el espíritu de emprendimiento de la iniciativa privada y la capacidad  reguladora y subsidiaria del Estado. Estaba convencido que no es posible alcanzar un progreso verdadero sin la interacción concertada de ambos. Cuando domina el espíritu de empresa, las sociedades agudizan sus diferencias y tensiones y evolucionan por caminos que desembocan en el egoísmo extremo, la arbitrariedad y finalmente, la violencia; cuando predomina la autoridad tutelar del Estado, decae la creatividad de los ciudadanos, se reduce la productividad y aparecen, inevitablemente la mediocridad, la impunidad en el desacierto, la corrupción y las castas privilegiadas. Ambos peligros se superan articulando un modelo que los equilibre y contrapese, implantando un sistema  abierto a las críticas y las disensiones y regido por un orden legal estricto e instituciones encargadas de preservarlo, actualizarlo y hacerlo cumplir. Las asociaciones gremiales o sectoriales y la prensa cumplen, a este respecto, el indispensable rol de bisagra articuladora de las necesidades de la iniciativa privada y el rol regulador del Estado.  De esta manera, se compensan mejor los desniveles y las injusticias derivadas de las diferencias en educación y capacidad económica que presenta la realidad y también los riesgos de que el poder sea impermeable a los requerimientos de cambio y sensatez. El orden democrático debe ser inquebrantable y quienes lo lideran, capaces de despertar y alentar la  nobleza ciudadana, para suscitar el espíritu de solidaridad y generosidad indispensables para una coexistencia  armoniosa. 

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Cada fin de mes, los arquitectos aguardaban la llegada de su revista. Era el vínculo re-gular entre ellos y el medio para recargar el ánimo y estimular la creatividad. La primera edición de El Arquitecto Peruano apareció en agosto de 1937. Estrictamente, no podía  estar dirigida solo a los arquitectos pues no había suficientes. Apuntaba a un público amplio, al que pudiera enseñarle a apreciar la arquitectura; darle a conocer sus novedades e informarle acerca de la evolución de las tecnologías.

Belaunde la dirigió durante veintiséis años. Hasta que asumió la presidencia por primera vez, en julio de 1963. Su gravitación fue muy grande y sirvió para introducir los principales temas de la arquitectura, el planeamiento urbano, las políticas de vivienda, la preservación del patrimonio monumental y la valoración de la arqueología. Se publicó durante 40 años, hasta mediados de 1977. Fue una tribuna abierta y plural con la que colaboraron los principales arquitectos del medio.  Su objetivo central fue difundir y prestigiar la arquitectura realizada en el Perú.
En una de sus primeras ediciones, informó que, un mediodía de octubre de 1937, en una reunión realizada en La Cabaña, un grupo de 17 arquitectos constituyó la Sociedad de Arquitectos y eligió su primera directiva cuya secretaría recayó en el propio Belaunde.   
El Departamento de Arquitectura se creó en la Escuela de Ingenieros en 1948, poco tiempo después de que Belaunde se incorporara como profesor. Asumió su dirección, como primer paso para independizar la carrera. Dos años después, ya transformada en Universidad Nacional de Ingeniería, lo consiguió. Entonces asumió el decanato de la primera Facultad de Arquitectura peruana. En ella introdujo un moderno programa de estudios cuya estructura esencial sigue sirviendo de modelo a la infinidad de programas actuales.

Inicialmente, todas las carreras se concentraban en un solo pabellón, al que se habían mudado poco tiempo atrás, de la calle Espíritu Santo. La nueva propiedad, en el extremo norte de la ciudad,  estaba rodeada de extensos terrenos agrícolas y reservas para el crecimiento del campus. Belaunde fue el primer decano –y acaso el único- que gestionó y llevó adelante la edificación de su propia sede sin emplear recursos financieros de la Universidad. Supo movilizar la generosidad de sus colegas, de los comerciantes e industriales de la construcción y también la de los trabajadores y alumnos. A cada nueva promoción, se le inducía a contribuir con algo hasta completar la obra inconclusa. Constituía una suerte de bautizo del que salían los estudiantes con las manos laceradas y el espíritu hinchado de orgullo.

Los alumnos del cuarto año esperaban a Belaunde con expectativa. Sus clases –sobre temas de vivienda- eran muy atractivas. Explicaba un concepto que luego ilustraba en la pizarra (o en proyecciones) con imágenes. Usaba un puñado de tarjetas con citas de arquitectos o autores relevantes y las leía con énfasis y dicción impecables. Luego,  proponía que dibujaran un esquema capaz de sintetizar los conceptos explicados. Después de recoger el ejercicio, repartía unas hojas en las que aparecían esquemas similares, escogidos entre los mejores producidos  por las promociones anteriores y los comparaba con los nuevos. Esto le servía para resaltar los aspectos soslayados y así evitar que pasaran desapercibidos. Enseguida, entraba en el tema siguiente que desarrollaba con ritmo y  amenidad parecidos. Otro tanto sucedía con sus clases en ingeniería civil –en las que hablaba de  urbanismo- ante grandes grupos. Sus clases eran bastante concurridas porque atraían a los muchachos y despertaban en el auditorio tonificante entusiasmo. Estaban orientadas a promover inquietud por las materias; no a enseñarlas de manera enciclopédica. Le apasionaba hablar sobre la vivienda social y el desarrollo infraestructural que abriría paso a la promesa de un futuro mejor para el Perú. Cuando culminó su gestión en 1961, dejó una Facultad exitosa y prestigiada, con una población  de algo más de 200 estudiantes. Entre ellos, destacaba la presencia de numerosos colombianos, venezolanos y bolivianos que venían especialmente a  estudiar la carrera en Lima.

Frente a la Facultad se había edificado el Instituto Interamericano de Planeamiento de Lima, programa de post grado, promovido por la Facultad, como consecuencia de la introducción, años antes, de la enseñanza profesional del urbanismo a iniciativa del mismo Belaunde. Funcionó con el  patrocinio de la OEA y la asesoría académica de la Universidad de Yale. En sus aulas podía encontrarse –además de limeños- egresados de distintas especialidades provenientes de provincias y de varios países de la región.

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En 1945 adhirió al Frente Democrático Nacional constituido para  postular la candidatu-ra presidencial de don José Luis Bustamante y Rivero. Convocado por Bustamante, postuló y fue elegido diputado por Lima, luego de incorporarse a la campaña como secretario de prensa. En el congreso fue autor de importantes iniciativas orientadas a institucionalizar el desarrollo urbano y habitacional del país. A su iniciativa se deben la creación de la Corporación Nacional de la Vivienda, el plan de “unidades vecinales” considerado un modelo Latinoamericano; la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, encargada de formular los planes reguladores de  las diversas ciudades del país; el plan de “centros vacacionales”, (de los que solo se llegó a construir el de Huampaní); y la Ley de Propiedad Horizontal, que permitió otorgar títulos de propiedad independientes a los departamentos de edificios multifamiliares.
Las “unidades vecinales”, se inspiraron en una  idea británica: la “ciudad jardín”. En la versión peruana, conjuntos  de mediana altura, apostados en el perímetro de un gran terreno, cuentan con parques, campos deportivos, escuela, centro comunitario, iglesia, etc., Es el caso de  la UV 3, San Felipe, Angamos, Santa Marina, Mirones, Matute, Torres de San Borja, Limatambo, Julio C. Tello y Santa Rosa, en Lima e infinidad de conjuntos similares en las ciudades más importantes del país. Al quedar el automóvil limitado al estacionamiento periférico, las familias y los niños recorren el vecindario  libres de peligro. Producen un habitat agradable en el que las áreas verdes compensan adecuadamente la densidad de los multifamiliares. Cabe comparar la diferencia que existe entre esos conjuntos y los densos edificios que se construyen ahora, saturando de cemento la integridad de los  terrenos y cargando el panorama urbano de un aspecto crecientemente agobiante.

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Lo que más impresionaba de entrar a su despacho era la presencia ordenada y  numerosa de decenas de tomos idénticos. La simetría de dimensiones y colorido sugerían la presencia de una enciclopedia infinita. En cierta medida lo era, pues consistía en la acumulación de los volúmenes de proyectos de grado, dirigidos por él, a lo largo de los años. Iniciaba siempre el diálogo con alguien a quien acababa de conocer, preguntándole por el lugar de su  procedencia familiar. Luego seguía, un  intercambio de datos sobre la  región, sus recursos y posibilidades, al que agregaba algunas preguntas adicionales de tipo general. De esta manera encontraba temas para nuevos proyectos de grado. Con esta modalidad, había estimulado y dirigido el estudio de infinidad de iniciativas  de ingeniería, en la mayor parte del territorio nacional: represas, puentes, caminos e irrigaciones se almacenaban en un vasto inventario cargado de propuestas ingeniosas y de gran potencial. Las explicaba con intensidad, sacando un tomo y buscando entre sus páginas hasta llegar al plano descriptivo de la idea o la estadística probatoria de su factibilidad.

Esos trabajos constituyeron el inventario de proyectos que sirvió de base para muchos de los programas infraestructurales que puso en marcha desde el gobierno. Estaban refe-ridos principalmente a la  red de carreteras que consistía en completar la trama tejida con hilos longitudinales: la costeña panamericana, la longitudinal de la sierra y la marginal de la selva y un amplio complemento de hilos transversales integrado por las vías de penetración que atraviesan la escarpada geografía, preferentemente en los lugares en los que existe algún puerto costeño. También, la red eléctrica y su  inter-conexión para suplir el abastecimiento de zonas que pudieran sufrir algún déficit. También, la construcción, o ampliación, de las centrales hidroeléctricas comprendiendo que no hay desarrollo posible sin energía suficiente. Finalmente, las represas y los sistemas de irrigación destinados a ampliar las posibilidades productivas de los valles agrícolas del Perú.  Todo esto complementado por un conjunto de puertos y aeropuertos destinados a facilitar el intercambio de pasajeros y productos.  

 

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   “Sube a nacer conmigo, hermano.            
     Dame la mano desde la profunda               
     Zona de tu dolor diseminado.                     

     Mírame desde el fondo de la tierra,            
     Labrador, tejedor, pastor callado;
    Señaladme la piedra en que caísteis,
    Y la madera en que os crucificaron,

    Dadme el silencio, el agua la esperanza.
    Hablad por mis palabras y mi sangre.”

 

La voz cansina y nasal de Pablo Neruda resonaba en la habitación. Provenía de un disco en el que estaba grabado “Alturas de Macchu Picchu”. El escritorio de la casa de Inca Ripac era el vértice de una planta en forma de “L”. Todo conducía a ese lugar, donde se encontraban las dos alas. Enchapado con paneles de madera, abundantes libreros y una chimenea central sobre la que colgaba un óleo de su bisabuelo paterno, el General Pedro Diez Canseco. La inspiración sajona del decorado producía un ambiente sobrio e íntimo. Las reuniones en casa de los Belaunde terminaban siempre allí, cerca del equipo de música,  en unos cómodos sofás de esterilla con mullidos cojines tapizados en terciopelo ocre que inducían la tertulia. “Quería que escucharas este disco para que aprecies el  poder de la palabra”, dijo. “La palabra es capaz de producir grandes transformaciones”, continuó. “Cuando llegué a los EE UU, en 1930, tuve oportunidad de comprobar el tremendo decaimiento producido por la depresión del año anterior. Las calles estaban atestadas de vendedores ambulantes y colas de gente esperando algo que comer en las ollas comunes instaladas cerca a las parroquias. El desempleo había superado el 25% de la población trabajadora y el pesimismo era creciente. El modelo norteamericano parecía haber alcanzado su crisis terminal.”

“Una noche, cuando me aprestaba a iniciar un trabajo universitario, encendí la radio. A los pocos minutos fui captado por una voz extraordinaria. Era Franklin D. Roosevelt, que iniciaba su primera campaña presidencial. Hablaba con elegancia; la calmada dicción con la que pronunciaba sus palabras inducía tranquilidad y deleite auditivo. Se sentía, además, detrás del tono elocuente, una suerte de optimismo ontológico del que no se podía evitar sentirse contagiado. Cuando el contenido del discurso empezaba a  extraviarse por algún desvío de posible solemnidad, una broma –o un juego de palabras- lo  regresaba a la naturalidad  original. Roosevelt sacó a los EE UU de la depresión mediante una larga y laboriosa gestión. Uno de los factores centrales de su éxito,  fue su maestría como comunicador. Ahora no tenemos acceso a sus discursos. Pero escuchar a los poetas recitando, es una buena alternativa. Especialmente  a Neruda y Guillén.” (2)    

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La realidad política que encontró Belaunde permanecía estancada. Las secuelas del pro-ceso desencadenado a la caída de Leguía seguían vigentes. Con el partido político más gravitante proscrito, sus dirigentes presos o exiliados, las posibilidades del juego democrático estaban entrampadas. La falta de opciones alternativas al aprismo complicaba más el panorama y servían de pretexto para evitar elecciones legítimas. Además, los oficiales de mayor rango del Ejército tenían asumido, desde la Independencia, la prerrogativa de poner de lado la Constitución y hacerse con el poder, cada vez que las circunstancias parecieran permitirlo y existiera la anuencia implícita de los sectores más poderosos. En ese escenario,  quienes llegaban a la presidencia de la República -la mayor parte de las veces- lo hacían por carambola, esto es, por designación indirecta o por transacciones celebradas al margen del voto ciudadano.

El debate intelectual estaba animado de nueva vitalidad y matizado por varias ten-dencias. En los extremos, dos principales: hispanistas e indigenistas. Es decir, quienes propugnaban consolidar el modelo europeo impuesto durante los trescientos años del virreinato y quienes aspiraban a una suerte de restauración del régimen precolombino –al que atribuían  connotaciones socialistas. En la realidad, el Perú se había ido transformando en un país mucho más complejo y plural de lo que puede explicar cualquier esquematismo. Lo enriquecía la inclusión de nuevas etnias de inmigrantes y se había ido consolidando una realidad mestiza y distinta a todo lo anterior. Tanto las opciones pro-autóctonas cuanto las pro-occidentales ofrecían visiones  excluyentes, incapaces de reconciliar los diversos matices de la realidad. Además, el triunfo de la Revolución Bolchevique había contaminado el debate político de una  carga ideológica que respondía a diagnósticos originados en realidades muy remotas, principalmente  europeas.

En 1993 Octavio Paz escribió: “La revolución de los caudíllos de la Independencia obedeció a la lógica de los imperios en desintegración; los caudillos escogieron, casi siempre con buena fe, la ideología más a la mano, la que estaba en boga en aquellos años.”  “…esas ideas democráticas no habían sido pensadas para la realidad hispano-americana ni habían sido adaptadas a las necesidades y tradiciones de nuestros pueblos. Así comenzó el reinado de la inautenticidad y la mentira: fachadas democráticas y modernas y, tras  ellas, realidades arcaicas. La historia se volvió un baile de máscaras.”

“Aquí aparece la gran hendidura: no había una relación orgánica entre esa ideología y la realidad hispanoamericana. Las ideas nuevas deben ser la expresión de las aspiraciones de la sociedad y, por tanto deben ser pensadas y diseñadas para resolver sus problemas y responder a sus necesidades. (…..) Lo que tuvimos fue la superposición de una ideolo-gía universal, la de la modernidad, impuesta sobre la cultura tradicional.” (3)
Belaunde se había anticipado a ese pensamiento en 1956, propugnando, en su primera campaña presidencial, la idea del “Perú como doctrina”. Esto es, la necesidad de buscar inspiración en “nuestra propia realidad”. Para hacerlo, resultaba  indispensable empezar por la experiencia local, haciendo que las propuestas se inspiraran en sus  tradiciones en lugar de que se impusieran a ellas ideas venidas desde afuera.  Por lo demás, una visión muy propia de arquitecto, quien trabaja a partir de dos hechos  objetivos: el terreno y las necesidades de los usuarios. De esta manera de pensar provinieron  programas como el de “cooperación popular” (inspirado en la minka y el ayni de la tradición andina), y otros como el “banco de materiales” (destinado a prestar y devolver materiales  para la autoconstrucción, como en el clásico trueque de las ferias).

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La primera campaña fue muy singular. Como no se disponía de televisión todavía, la manera de divulgar el mensaje se hacía en mítines realizados en cada barrio de las ciudades principales y en los pueblos apartados de las zonas rurales (recordemos que el Perú era todavía un país predominantemente agrícola). En uno y otro caso, la llegada de la caravana que acompañaba a Belaunde era un acontecimiento festivo. El bullicio de la juventud que lo escoltaba, el ingenio de los recursos de los que se valían para despertar interés, debido a la predominancia juvenil entre los organizadores, dio a los mítines un colorido  de feria local. Cuando Belaunde llegaba, a hombros, como un torero triunfante,  se producían en la concentración los movimientos de una marejada. Mientras su figura sonriente y serena se acercaba lentamente al estrado –como en una procesión provinciana- sonaba una banda de músicos y reventaban cohetes y luces artificiales. Aplacado el  bullicio inicial y concluido el canto del himno nacional, tomaba la palabra y empezaba el discurso.

La temática era siempre distinta, aunque su estructura bastante parecida. Empezaba con frases cortas y sonoras, como los latigazos con los que se pone en marcha una carreta de caballos. “Me dijeron que habían piratas en la costa y por eso he bajado de la serranía para enfrentarme con el peligro” o “¿Qué me aplaudes, pueblo peruano, si tu mismo has hablado por mis labios?” De inmediato, una carga de energía encendía a la multitud que vibraba entusiasta con palabras como estas, pronunciadas en tono elegante, con voz redonda y sonora.  Luego de algunos latigazos, entraba en materia; para ello modificaba ligeramente el tono, haciéndolo más sosegado y usando frases más largas. Aludía primero a las tradiciones mas importantes del lugar: una batalla, si la hubo; el recuerdo de algún momento de  relevancia circunstancial (refugio de algún libertador o prócer; cuna de algún intelectual o artista renombrado). Otras veces, aludía al encanto urbanístico o a la tradición singular del sitio; (recuerdo sus alusiones a episodios de la jarana criolla de “bajo el puente”, en el mitin del Rimac, por ejemplo). Ennoblecía el lugar –que generalmente lucía muy pobre y descuidado- descubriendo su dignidad y señorío. Apoyado en esa introducción, formulaba propuestas programáticas, estableciendo la relación entre estas y la tradición. Lo hacía con conocimiento y lleno de contagiosa admiración por las calidades escondidas tras la pobreza aparente. En esta parte, sus discursos tenían sabor de travesía.

La trama tenía un recorrido que partía del pasado para proyectarse al futuro. De un  futuro concebido a la altura de sus nobles tradiciones. El carácter de sus discursos  tenía, a momentos, connotaciones de clase magistral. Después, cuando se aproximaba la hora  de terminar, volvía a cambiar de tono y empezaba a sugerir –usando frases breves y poéticas- la realidad a la que se llegaría si se tomara el rumbo esbozado. De esta manera, insuflaba la fuerza necesaria para dejar a su auditorio, cargado de ilusión. “Y si llego confiado, al final de este proceso que se inició turbiamente, no es porque tenga una desmesurada confianza en mi mismo, sino porque la tengo plena en Dios y porque siento que la Providencia, no ha de desoír una voz que tan solo le pide luz para conducir  a un pueblo a la justicia social”, concluyó su discurso en la Plaza San Martín, el 8 de junio de 1956.

Terminada la campaña, quedó consolidada la nueva alternativa política. Hacía falta estructurarla para convertirla en un partido estable. A ello se abocó Belaunde los años siguientes, trabajando y viajando intensamente por la institucionalización de Acción Popular. Tres años después, se convocó un congreso del partido, que debió realizarse en Arequipa. Situaciones coyunturales determinaron la suspensión de garantías y como consecuencia, la desautorización de la reunión. Belaunde viajó secretamente al sur y fue apresado  llegando a Majes. Al tomar su declaración, el comisario le preguntó “¿Diga si es verdad que lo encontraron disfrazado con un poncho?” “El poncho no es un disfraz en el Perú; respondió, es el uniforme de las mayorías nacionales. Entiendo, sin embargo que lo desprecien los hombres del gobierno pues es la única prenda de vestir que carece de bolsillos.”

Dias después, al intentar abandonar a nado la isla de El Frontón, donde fue recluido, dejó unas líneas a los presos comunes, con los que había desarrollado mucha empatía. La carta terminaba con una frase edificante: “Dios siempre perdona y la Patria siempre espera.” La formidable vorágine iniciada en 1956 crecía en forma exponencial. El triunfo de la Revolución Cubana, en 1959,  distrajo a parte de la juventud hacia otras opciones que empezaron a aparecer ese mismo año. Pero Belaunde no cambió; siguió en la misma línea y compitió con Haya de la Torre, por primera vez, en las elecciones de 1962, treinta y un años después de la primera postulación presidencial del jefe del Apra. A partir de ese proceso, no ha vuelto a haber en el Perú ningún partido o candidato proscrito. La contribución de Belaunde a ese logro es innegable.

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Inició su primer gobierno instituyendo las elecciones municipales. A partir del  28 de ju-lio de 1963, el Perú tiene un régimen municipal elegido –solo interrumpido durante algunos años del régimen militar iniciado en octubre de 1968. Los municipios elegidos constituyen un aporte fundamental al robustecimiento institucional de la democracia pe-ruana y dio inicio al proceso de descentralización al que aspiraba el país desde mucho antes. En 1980, al iniciar su segundo gobierno, restauró la libertad de prensa que había sido conculcada mediante el secuestro de todos los medios informativos (televisión, radio y periódicos), por la dictadura de Velasco.

A pocas horas de ser desterrado a la Argentina, recibió una llamada de José Luis Sert, un destacado arquitecto catalán, que ejercía el decanato de la Facultad de Arquitectura de Harvard. Lo invitaba a enseñar en los EE UU. De esa manera, Belaunde se reintegró a la enseñanza “solo por un año.” Prefirió  mantenerse  como “profesor visitante” y cambiar de universidad anualmente, mientras durara el  destierro, pues, quiso  “Vivir con un pie en el estribo,  listo para regresar al Perú en cualquier momento”. Se repitió para él  la época de los plazos elásticos  de Paris. El destierro se prolongó esta vez, por otros nueve años. En esas circunstancias, contrajo matrimonio, en segundas nupcias, con Violeta Correa, que había sido una de sus colaboradoras más cercanas desde los primeros años de Acción Popular.

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El destierro hizo que interrumpiera el contacto con sus principales fuentes de inspiración: las plazas públicas y la universidad peruana. Cuando regresó en 1977, encontró un panorama muy cambiado. La improvisación y desmesura con las que se aplicaron las reformas, las desprestigiaron y destruyeron buena parte del aparato productivo. El Estado se encontraba entrampado por la carga de infinidad de empresas públicas que daban un mal servicio y producían inmensas pérdidas. Añadido a ello, la crisis de la deuda externa y la aparición de una inflación crónica  desplazaron de la agenda los temas del desarrollo, sustituyéndolos por necesidades de reordenamiento económico, derrota de la inflación y recuperación del  PBI de los años 60.

Belaunde regresó al Perú con ánimo abierto y reconciliador. Obtuvo el respaldo mayoritario de las urnas en 1980 e inició su segundo período 17 años después de haber empezado el primero. Condujo al país por un nuevo quinquenio de desarrollo, en una época de transición en la que no había terminado de agotarse el modelo anterior (recién consagrado por la Constitución de 1979), ni cuajado uno nuevo, como el que precipitara  la caída del Muro de Berlín en 1989.  

Impulsó la constitución del Frente Democrático, en respaldo de la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa, en 1990. Ejerció la función senatorial, hasta que el  gobierno militarizado, instaurado en 1992, clausuró el Congreso. Intervino en la lucha por la restauración constitucional. Alentó la presidencia transitoria de su correligionario, Valentín Paniagua y contribuyó significativamente con el éxito electoral de Alejandro Toledo en 2001. Ese mismo año falleció Violeta. El gran dolor de esa pérdida, desencadenó su declinación. Lo visitaba con frecuencia en busca de un hilo que lo reconciliara con la vida. Uno de esos días le propuse reeditar El Arquitecto Peruano. Comprobé, por la reiteración de su interés, que había, tocado una fibra sensible. Teniendo en cuenta que el principal valor de una  revista antigua es su archivo historiográfico, pensé en instalarla en la red. Le mostré distintas maneras de hacerlo, valiéndome de un computador portátil. Su entusiasmo fue creciendo. Me pidió que “prepare un papel para cederme los derechos”. Pasaron los dias y el proyecto avanzó lentamente.      

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Al amanecer del 24 de mayo, se supo que había tenido un derrame cerebral que lo dejó sin habla y limitado movimiento. El domingo 26, a eso de las 4 y 30 de la tarde, acudí al Hospital. Me recibió Carito. “¿Quieres despedirte de mi padre?” me preguntó. Asentí. Entré a la sala de “cuidados intensivos” en la que existían varios cubículos independientes; casi todos divididos por cortinas. El primero, a la derecha, estaba cerrado entre paredes como un cuarto dentro de otro mayor. Belaunde estaba recostado en la cama, mirando fijamente un punto en el vacío. Una enfermera observaba desde un costado. Me acerqué a él por su lado derecho. Le cogí la mano, sentí lo que me pareció un ligero apretón. Busqué su mirada; seguía fija en el vacío. Me incliné, le conté al oído que venía del mar; que había pasado por la playa del Agua Dulce para traerle el rumor de las olas. Se volteó. Me miró fijamente y empezó a hacer trazos sobre la almohada. La enfermera miraba sorprendida. “Quiere decirle algo, señor”. Le acerqué un  papel y un plumón, repitió los trazos. No se podían entender. Hicimos un segundo intento; nada. Otro más; inútil. Entendí que trataba de improvisar el texto pendiente. Le hablé al oído. No debía preocuparse, El Arquitecto Peruano volvería a aparecer de todas maneras. Levantó el brazo, me tomó de la espalda trayéndome hacia él. Me incliné dócilmente. Estuvimos abrazados en silencio, largo rato. Nos interrumpió la voz risueña de una de sus nietas. “¡Papapa!”, decía. Me aparté de la cama. Me miraba fijamente, levantó suavemente la mano, se la llevó a la frente. Sin dejar de mirarme, se persignó.  El barco estaba a punto de zarpar.

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(1)  J. M. Keynes, Las Consecuencias Económicas de la Paz, 1919, Capitulo 3.
(2)  Esta y otras citas sacadas de conversaciones grabadas entre  F. Belaunde y M. Cruchaga en  1978.
(3)  O. Paz, Itinerario, América en Singular y en Plural, entrevista con S. Marras, 1993,

 
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