Héctor Velarde Bergmann nació en Lima, en 1898. Por razones del trabajo de su padre, el destacado diplomático Hernán Velarde Diez Canseco, pasó la mayor parte de su niñez y juventud en el extranjero, regresando al Perú en 1928.

Velarde transcurrió su infancia en Petrópolis, Brasil, y realizó sus estudios secundarios en Lausana, Suiza. Posteriormente, siguió estudios universitarios de ingeniero-arquitecto en la “École des Travaux Publics du Bâtiment et de Industrie” de París. Trabajó en los estudios de Victor Laloux (autor de la Gare d´Orsay) y de JHE Debat Ponsan.

En 1921 se traslada a Buenos Aires, donde permanecerá hasta 1924. En Argentina encuentra campo propicio para el desarrollo de sus inquietudes intelectuales, estableciendo contacto con destacados personajes como Florencio Escardó y Adolfo Bioy Casares. En cuanto al ejercicio de la arquitectura, se asocia con Emilio Lorents, antiguo compañero de Suiza, y participa de la convocatoria para el proyecto de el Hospital de la Sociedad Española de Beneficencia en 1922, siendo la propuesta -una composición más bien clásica de basamento, cuerpo y coronamiento, con amplio tejado y almohadillado- una de las premiadas en el concurso. Teniendo en cuenta que es una obra temprana, el proyecto permite ver el grado de influencia académica –si bien la institución en que estudió tenía un significativo énfasis en lo constructivo- en que se había formado. Poco después ingresará a trabajar a la firma Frederick Sage & Co.

En 1924 Velarde, en servicio diplomático, es trasladado a Washington, en los Estado Unidos de América, donde tendrá un mayor contacto con la arquitectura que en ese momento se desarrollaba en el país del norte. Ese año, sin embargo, realiza un proyecto para una residencia en “estilo arequipeño” en Washington, mostrando ya desde sus etapas iniciales, y aún lejos del país, una clara identificación con la tierra natal y una consideración de la arquitectura peruana que será una constante en su carrera. En efecto, desde aquí ya se puede vislumbrar lo que será en la obra de Velarde un imponderable ineludible: un sentido de contemporaneidad y de espíritu de la época, sin renunciar a una valoración constante de lo propio y lo local.

Su estadía en los Estados Unidos permitirá a Velarde no sólo conocer lo que se hace en arquitectura propiamente dicha, sino en conocer las nuevas propuestas para la ciudad. En 1925 participa en el Congreso de City Planning y en la Conferencia Panamericana. Este desempeño alejado del Perú no es, sin embargo, causa de un distanciamiento del país; en 1926, a la distancia, se inscribe como miembro de la Sociedad de Ingenieros del Perú.

En 1927 Héctor Velarde contrae matrimonio en París con doña Leonor Ortiz de Zevallos. Al año siguiente, en 1928, regresa al Perú, para establecerse definitivamente.

A su retorno al Perú, además de dedicarse a las tareas propias de la profesión, Velarde inicia una actividad que desempeñaría prácticamente a lo largo de su vida, y que permite considerarlo un maestro: la docencia.

Ingresa a la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima como profesor de Historia del Arte. En 1932 inicia la enseñanza de la Historia de la Arquitectura en la Escuela Nacional de Ingenieros (que se transformaría luego en la Universidad Nacional de Ingeniería) y en la Escuela Militar de Chorrillos.
Durante su vida, Velarde estaría vinculado principalmente a tres universidades: La Universidad Nacional de Ingeniería, en donde desarrolló una importante labor en la formación de los futuros arquitectos del país, la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde dictaría una serie de cursos y, más adelante, con la Universidad de Lima.

Ya desde los inicios de su fructífera carrera docente Velarde quiso ofrecer a los estudiantes los medios más apropiados para una formación adecuada, publicando una serie de textos relativos a los cursos que dictaba, como Nociones y elementos de Arquitectura (imprenta de la Escuela de Oficiales, Lima, 1933), La Arquitectura en Veinte Lecciones (Buenos Aires, 1937), y Geometría Descriptiva (Ed. Lumen, S.A. Lima, 1949).

A estos textos de carácter docente habría que sumar los diversos libros de difusión sobre temas de arte y arquitectura y los innumerables artículos escritos en diarios, revistas, y publicaciones diversas, siempre sobre arte y arquitectura, principalmente peruano, y temas de actualidad que, con fina ironía y espíritu siempre conciliador le permitieron ofrecer un punto de vista crítico y constructivo, contribuyendo al debate e intercambio de ideas sobre los temas referidos. En ese sentido, el ejercicio de escritor –no sólo de textos, ensayos o artículos, sino incluso de poemas, como el que escribió en francés y fue ilustrado por Emilio Hart-Terré, de 1924 –constituirá, con la arquitectura y la docencia, un tercer pilar en la producción cultural de Héctor Velarde.

Entre los libros de difusión de temas de arte destacan Arquitectura Peruana obra didáctica que le fue encomendada por Daniel Cossio Villegas, director del Fondo de Cultura de México en 1943, y que se habría constituir en un referente obligado para cualquier interesado en la historia del arte en el Perú, e“Itinerarios de Lima”, un clásico para el conocimiento de la arquitectura de la ciudad.

En sus escritos, Velarde trata de llevar siempre el tema de la arquitectura a un público amplio, no necesariamente erudito, induciéndolo de manera sencilla a temas de reflexión que le permita tomar conciencia de lo que es la arquitectura; lo que ella, la ciudad y el patrimonio histórico significan para una sociedad y sus miembros, y proponiendo temas claves para su entendimiento y disfrute.

En los primeros años de su retorno al Perú y hasta mediados de la década del 30, Velarde consolida su posición profesional y su ideario acerca de la arquitectura, con una serie de proyectos, principalmente viviendas. En estas obras Velarde pone de manifiesto su conocimiento de las propuestas formales más recientes de la arquitectura contemporánea, su pasión por la tradición local, y su continua referencia a la realidad constructiva –producto de una formación académica con énfasis en edificación- que le permitirá superar debates estéticos puramente abstractos sin una referencia concreta de tiempo o lugar.

En ese sentido, a diferencia de los manifiestos muchas veces iracundos e incendiarios de artistas de la época, Velarde mantiene siempre un debate calmado, alturado y constructivo, desapasionado y alejado de posiciones ideológicas irreductibles y excluyentes a ultranza, ajenas a una realidad específica, para construir sobre lo existente y proponer una continuidad histórica con lo precedente (característica de la buena arquitectura a lo largo de los siglos) manteniendo del pasado lo que considera adecuado e integrando del presente aquello que es pertinente.

Son de este periodo una serie de de proyectos de residencias unifamiliares que se desarrollan con precisión y destreza hasta en tres lenguajes formales distintos, que no son exclusivos mi excluyentes entre sí, y cuya elección responde más bien a la pertinencia del momento y del lugar. Son estos lenguajes el académico-clasicista, propio de la influencia de la Escuela de Bellas de París y que era requerido para la arquitectura institucional y por un sector de la burguesía limeña (como la residencia del Sr. Julio Haaker, en el distrito de San Isidro, de 1930); el lenguaje más bien racionalista y moderno, solicitado por un sector más de avanzada de la sociedad de Lima (es el caso del grupo de casas en Miraflores) o una propuesta de arquitectura de influencia local, que devendrá en el llamado estilo neocolonial, y que será reclamado por otro sector de la burguesía de Lima (como la casa del señor Luis Aubry, en Lima) y algunas obras institucionales en Perú.

Esta versatilidad en el manejo de lenguajes arquitectónicos no debe verse –como e alguna manera se ha pretendido entender a fines de los años cuarenta con la irrupción furibunda de los representantes de las propuestas de la “modernidad”- como una inconsistencia de principios o un demérito, sino como un valorado aporte, una destreza en el manejo del arte de proyectar la arquitectura y que será una característica en diversos profesionales de la época.

De los primeros años 30 son algunos proyectos significativos en lenguaje más bien clasicista-académico, como la residencia del señor Ernesto Lajara, de cuidado lenguaje académico, y posteriormente la casa Gibon, de 1940. En ellos, como en el proyecto de la casa del Sr. Haaker (1930) se revela Velarde como un arquitecto que domina de modo magistral el lenguaje clásico de la arquitectura: composiciones basadas en basamento, cuerpo y remate, uso correctísimo de órdenes y proporciones, recurrencia a la simetría, todo ello a través de la influencia francesa propia del medio donde se formó. Dobles alturas, amplias escaleras, luminosos ventanales son algunas de las características de una arquitectura erudita donde refleja un refinado gusto, un conocimiento de los motivos históricos y un magistral dominio de la tarea de proyectar.

En la propuesta para el concurso del Faro de Colón en Santo Domingo, República Dominicana, Velarde presenta también una impecable muestra de manejo formal académico, que recuerda las imágenes de los arquitectos visionarios del siglo XVIII como Boullé y Ledoux. La increíble monumentalidad del faro viene dada por la escala de la puerta en arco–aparente grandiosa, pero diminuta ante la totalidad de la construcción- precedida por una enorme escalinata y enmarcada entre especies de torreones, todo trabajado con almohadillado, que no es sino el basamento de una estructura colosal donde nace la cruz como elemento predominante y se corona con una esfera a modo de globo terráqueo. Sobre el basamento de almohadillado, sea al eje central como en las esquinas, las tres carabelas contribuyen a generar los contrastes de escala que refuerzan el sentido de grandiosa monumentalidad del conjunto.
Pero es también de la década de los treinta, una obra que, más bien emparentada con las nuevas propuestas racionalistas de la arquitectura, puede ser considerada un clásico de la producción de Velarde, y que marca un hito en la historia de la arquitectura peruana, los baños de Miraflores, de los años 1934-1935.

Se trata de una construcción en concreto armado levantada a los pies del acantilado, en una estrecha franja entre las pared vertical natural y el mar. De fuertes líneas horizontales por la mismas características funcionales de la construcción, marca una innegable opción por la modernidad, sin negar la formación clásica del arquitecto.

En efecto, la transparencia del edificio, el estar levantado sobre columnas (aunque aquí no habría que entender necesariamente una referencia a las cinco condiciones que debía reunir una obra para ser considerada moderna de acuerdo a Le Corbusier, sino una solución funcional ante la variación de la marea), la transparencia de la construcción, la nitidez de la estructura, se integran en una composición simétrica que permite evocar organizaciones volumétricas clásicas como las de las villas paladianas, con un cuerpo central del que surgen brazos que rematan en pequeños elementos a modo de pabellones. En este caso, un cuerpo semicircular de doble altura destaca, central, en la composición. Sobre él, un pequeño volumen con dos torrecillas a los lados refuerza su presencia y centralidad. A los lados de este comedor surgen dos largos brazos, de dos niveles, que rematan en los pequeños torreoncillos de escaleras. El lenguaje formal, austero y simple, sin adornos ni elementos accesorios, remite a la arquitectura moderna. Los temas de barandas metálicas de sección curva, algunas ventanas redondas y los torreones de escalera circulares son elementos propios del lenguaje que entonces se dio en llamar estilo “buque” y que puede ser considerado una interpretación de las propuestas racionalistas en la época.

Poco tiempo después de los baños de Miraflores, entre 1935 y 1940, proyecta Velarde el Club de Regatas Lima de Chorrillos, donde las referencias a las construcciones navales van más allá de simples evocaciones para convertirse en elementos fuertemente alusivos.

Una obra singular de este periodo es la casa Ulloa, en el balneario de La Punta (Callao) de 1936: con elementos propios del llamado estilo buque (formas curvas, volados, barandas metálicas ) logra una composición que podría ser considerada en términos de abstracción formal y uso de los materiales (el volado sobre la terraza en el tercer piso o las fenestraciones predominantemente horizontales) de una clara influencia de algunas propuestas de la modernidad en torno a los años 30 en Francia, como es el caso de la obra de Mallet Stevens.

En esta línea más bien racionalista se encuentran obras posteriores, como el edificio Reiser y Curioni (1941) en el Centro Histórico de Lima, o el Hospital de Tuberculosos de Bravo Chico (1943-1950), ambas obras con una componente compositiva clásica. En el caso del edifico Reiser y Curioni, en pleno centro histórico de la ciudad, se propone una fachada de innegable vertiente clásica: basamento, cuerpo y coronamiento, con una especie de pilastras bastante simplificadas, que sostienen un entablamento –también bastante simplificado- con arquitrabe, friso y cornisa, todo en un lenguaje estrictamente geométrico de formas perpendiculares entre sí.

En el caso del hospital de Bravo Chico, se recurre a un lenguaje formal también racionalista y simplificado, en una propuesta cuya planta recuerda las construcciones tipo Panóptico, y que había sido útil tanto para hospitales como para cárceles ya en el siglo anterior . Muy posterior es la sede del Banco Continental (1953), también en el centro de Lima, donde propone una fachada que, aun más abstracta que en el caso del edificio Reiser y Curioni, no deja de remitir a los ritmos de las composiciones clásicas de columnas e intercolumnios, y, aunque no están realmente definidos, remates con entablamentos. Estas obras distan mucho en cuanto a lenguaje -pero son igualmente valiosas en cuanto a propuesta- de los planteamientos en donde realizará no sólo un singular aporte al debate y la producción arquitectónica en el Perú sino que será el espacio donde realizará algunas de sus obras paradigmáticas y por el no sería descabellado afirmar que ha tenido Velarde una afinidad especial: el neocolonial.
Producto de las corrientes nacionalistas en la primera mitad del siglo XX, y con un claro interés por valorar lo local estableciendo una continuidad entre la modernidad y lo existente, Velarde desarrolla una fructífera labor en la vertiente neocolonial, y en ciertos casos en las variantes que surgirían próximas a él como el denominado “neoperuano”.

Son numerosos los proyectos desarrollados con esta propuesta, ya sea solo o en sociedad con otros profesionales, y que van desde grandes obras institucionales o de carácter representativo, hasta viviendas unifamiliares en zonas residenciales de Lima. Entre ellas mencionamos el proyecto para la Universidad Mayor de San Agustín en Arequipa (1936-1940), el Museo de Antropología en Pueblo Libre (1935-1940), su participación en el Monumento a Fermín Tangüis (1938) y el proyecto para la nueva Basílica de Santa Rosa en Lima (1939), ambos a cargo de Manuel Piqueras Cotolí, la Nunciatura Apostólica (1940-1942) donde trabajó con Paul Linder, el Hotel Mossone en Huacachina (1942), la capilla del Seminario de Santo Toribio (1948) así como una serie de residencias unifamiliares principalmente en los distritos de San Isidro y Magdalena. Muchos de estos proyectos fueron en su momento publicados y difundidos en El Arquitecto Peruano, así como las ideas que nutrían esta propuesta.

El terremoto de 1940 afectó fuertemente a la ciudad de Lima. Luego del sismo, Velarde colaborará con Rafael Maquina, quien estaba a cargo del Consejo Nacional de Restauración y Conservación de Monumentos Arquitectónicos.

Es así como en la primera mitad de los cuarenta Velarde trabaja en la restauración y conservación de diversos monumentos de Lima, tarea que continuará desarrollando, con innegable cuidado y acierto, a lo largo de su vida. Numerosas edificaciones en Lima deben su conservación, restauración y/o adaptación a nuevos usos a la intervención del arquitecto Velarde. Es el caso de las obras de restauración que realizó en el local de Instituto Riva-Agüero en el Jirón Camaná, la restauración de la iglesia de San Pedro –de la Compañía de Jesús- en el Jirón Azángaro, y la restauración de la Plaza de Acho, en colaboración con el arquitecto Luis Ortiz de Zevallos y otros profesionales.

De la década del cincuenta, son las restauraciones del Convento de las Monjas del Patrocinio, la restauración del balcón y el local en la Plazuela de Santo Domingo, la restauración de los interiores de la Escuela de Bellas Artes de Lima, con Manuel Ugarte Eléspuru y el arquitecto Carlos de Martis, la restauración del teatro Segura, y la del local del Museo Taurino.

En los sesenta, Velarde restaura la Casa Oquendo (actualmente más conocida como Casa de Osambela), el Convento e Iglesia de las Nazarenas, la sala Alcedo, la casa de Pilatos (en el jirón Ancash), participa en la restauración del Museo de Arte (junto a otros profesionales) y en 1971 restaura la casa Negreiros.

Pero no se piense que son sólo restauraciones o edificaciones de raigambre histórica las que han interesado al arquitecto. A lo largo de su carrera Velarde tendrá una serie de encargos, principalmente residencias, que 4se complementan con la producción de proyectos para edificios institucionales y de carácter representativo, entre ellos los locales universitarios (juntamente con otros arquitectos) de la sede de la nueva Universidad de Lima, en Monterrico (1966).

La vida de Héctor Velarde es no sólo un ejemplo de destreza profesional, dedicación al estudio o producción cultural, es sobre todo una muestra de integridad personal que se refleja en cada momento de su vida y de su obra, en su producción arquitectónica, contemporánea y arraigada en sus raíces, en su trato con los colegas y la profesión, siempre más bien conciliador y con ánimo constructivo que excluyente o dogmático, en sus escritos, en sus reflexiones, en su búsqueda de, a través de sus obras, contribuir a generar siempre mejores condiciones de vida (en al amplio sentido que ello significa) para los miembros de la sociedad en la que le tocó vivir.


Luis Villacorta S.

Arquitecto


Bibliografía:

GUTIÉRREZ, RAMÓN, Héctor Velarde, Editora Argentina, Lima 2002.
CUADRA KOCHANSKY, Manuel, Héctor Velarde, Arquitecto, Tesis de Bachillerato, Universidad Nacional de Ingeniería, FAUA, Lima, 1976.


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